Carta a los reyes magos

holandeses_flamencos_xv13Adoración de los reyes magos de Hans Hemling

Queridos Reyes Magos / Magas de Enero o a quién corresponda,

Os escribo esta carta porque me he portado bien; he estrenado varias obras, he recibido algún premio y he sido capaz de sobrevivir a la justificación de las subvenciones. Así que como he sido un niño bueno, aunque a veces me ponga punky, me gustaría pediros lo siguiente:

  • Un teatro público de calidad. Realmente, me gustaría un Teatro Nacional, dónde, además, los dramaturgos y dramaturgas valencianas estuvieran presentes en la programación pública y no sólo con lecturas dramatizadas.
  • Que no se repita el despachismo o camerinismo; que las producciones se consigan por un sistema meritocrático y no dedocrático o con criterios meramente económicos.
  • Que todos/as los profesionales del teatro valenciano nos sintamos orgullosos/as de nuestro teatro público. Que los espectáculos allí producidos, de calidad, giren por festivales nacionales e internacionales gracias al trabajo de funcionarios/as capacitados/as, que existen, no son los padres.
  • Que llegue un director/a de CulturArts con criterio, con ambición, con sentido de lo público y no de enaltecimiento personal, y con una línea estética definida.
  • Que el Nuevo Teatro Público sea Joven, en el sentido orteguiano del término, que no sea un “ahora nos toca a nosotros” sino un ahora le toca a los ciudadanos/as.
  • Que las subvenciones de la Generalitat se paguen por adelantado y no obliguen a las compañías a endeudarse hasta las cejas y ya se pagará.
  • Que alguien le diga al conseller Marzà que para coger peces hay que mojarse el culo; si ya se lo han dicho que se lo moje, porque él llevará seis meses, pero nosotros llevamos años esperando.
  • Que la reforma del sistema teatral español empiece en Valencia.
  • Que la AVEET sea la mejor asociación de escritoras/es del mundo y que su tesorero no haga un Bárcenas.
  • Que se acaben los bonobos en fraude de ley, porque son animales que necesitan reproducirse en estricta legalidad constitucional.
  • Que los trabajadores/as de las artes escénicas sean valorados socialmente y puedan ganarse el pan nuestro de cada día con su trabajo.
  • Que los ayuntamientos paguen en el día.
  • Que vuelva Josep Lluis Sirera porque lo echamos de menos.
  • Que Cabanyal Íntim y Russafa Escènica se conviertan en festivales municipales o de la Generalitat y nos dejemos de inventos nuevos sin apoyar lo preexistente.
  • Que Alicante logre convertirse en faro teatral.
  • Que vuelva el VEO.
  • Que Laura Sanchis interprete Fedra más de cien veces.
  • Que Creador.es reciba, de una vez, financiación pública y pueda seguir trayendo gente del otro lado del Atlántico para que los de aquí podamos aprender y aprender y aprender.
  • Que todas las compañías que hoy cumplen 20 años puedan cumplir otros 20 de forma digna gracias a sus creaciones y al apoyo público.
  • Un trabajo por cuenta ajena en el sector teatral.

Muchas gracias, os dejo Mistela, pastelitos de boniato y torta cristina, que era la favorita de mi abuela, en la entrada. Si se lo ha comido y bebido la gata no me hago responsable.

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Un Brecht íntimo y sincero

Cartel Brecht

 

Bertolt Brecht es uno de los grandes autores del teatro universal. El escritor alemán luchó por modificar un sistema teatral y de pensamiento anquilosado en la idea de control burguesa y defensor de la propiedad privada. Sin embargo, no asistimos a un texto de Brecht sino sobre él. Los hermanos Sirera ofrecen en Quan Bertolt Brecht va morir a Finlandia un homenaje brechtiano al autor de La ópera de los cuatro cuartos. Los dos hermanos, por desgracia el teatro ha perdido recientemente a Josep Lluís, utilizan los mecanismos de Brecht para trazar una biografía llena de saltos temporales, dónde las escenas componen un extraño puzzle que el espectador sólo puede encajar al final.

La obra, que se podría enmarcar dentro del género epistolar, es una coproducción de Assaig (Dies de ensalada, Per sant Lluc, Sentiments), que conmemora sus veinticinco años como grupo de teatro universitario, con la joven, pero afianzada, compañía CRIT (Miguel Hernández, después del odio, Quatre-cents!, Innerland). Recuperan, así, una obra que ya estrenaron en 2006 con, casi, el mismo elenco, pero con un prisma novedoso de aquel montaje que recorrió media España.

Sirera

Josep Lluis Sirera.

La dirección de Pep Sanchis y María José Soler tiene la dura labor de hacer digerible al espectador un texto complejo y marcadamente narrativo. Y hay que reconocer que lo hacen a la perfección. La dupla funciona como un reloj suizo y logran, con una puesta en escena sobria y elegante, acercar al espectador la figura del escritor alemán. Además, destaca el trabajo de movimiento realizado por Soler, quien nos tiene acostumbrados a su savoir faire. Sin embargo, la elección de utilizar música grabada no hace justicia al resto del trabajo.

El elenco, quien ha sido dirigido en anteriores ocasiones por Sanchis, muestra su confianza en el director y se entregan, con fanatismo, a la función. Destaca Daniel Tormo, en el papel de Brecht, que lo humaniza y nos muestra a un escritor con dudas, ilusiones, pero, sobre todo, cargado de contradicciones, como cualquier ser humano. Nuria Martín y Josep Valero interpretan más de una decena de personajes con solvencia, destaca Valero como el amigo suizo de Brecht y Martín en las canciones, defendidas con garra, y en el papel de Lotta Lenya. Anna Marí, interpreta a la finlandesa que cautiva al genio alemán, a la que construye con sencilla ingenuidad y ternura. Los cuatro realizan un perfecto trabajo de dicción y de proyección vocal, hecho que no se debería reseñar, pero que tras los últimos montajes vistos en la ciudad es importante reseñar.

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Las gafas de Brecht reposan sobre su biblioteca.

La iluminación, de Víctor Antón, acompaña perfectamente la historia y con delicadeza y maestría es capaz de hacernos transitar por más de treinta espacios. El espacio de Luis Crespo, aunque sobrio, funciona y nos brinda, con la gasa del fondo, algunos de los momentos más íntimos de la pieza. La idea de las sillas apiladas y desordenadas como metáfora de la mente del escritor funciona perfectamente, aunque es una lástima que esa alusión al Café Müller de Bausch no tenga más desarrollo.

Assaig y Crit ponen en escena a los Sirera más íntimos y combativos; un precioso homenaje a Josep Lluis, a quien podemos reconocer, en más de una ocasión, en las palabras de Brecht. Un cuidado e íntimo espectáculo que destila humildad, esfuerzo y cariño.

 

 

God save the PIIGS!

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Todo preparado para el viaje dramatúrgico

Ayer me dijeron: ya no escribes mesmerismos. Y uno, que al fin y al cabo es un flojo, que se rinde al halago y que desea en lo más hondo de su ser escribir la crónica sentimental de una época, vuelve a las andadas. También porque una de las mejores cosas que tiene el teatro es la posibilidad de conocer gente y sientes que debes dejar constancia de algunos de esos encuentros.

Quiero hablar del PIIGS, un festival de Barcelona, insertado dentro del GREC, que no es un festival de teatro sino de dramaturgia. ¡Olé! Y al que tuve el placer de asistir como autor escogido del territorio que conocemos como España.

Este encuentro sólo es posible gracias a tres personas y a su absoluta demencia: Beatriz Liebe, Rosa Moliné y Antonio Morcillo. Ellos inventaron esto, lo sacan adelante, nos acogen, nos miman, nos dejan toallas si es necesario y no tienen miedo en compartir su experiencia, su recorrido. Son de una generosidad tremebunda, son buena gente, mi abuelo diría que con ellos podría hacer negocios.

El festival había invitado este año a cuatro autores: Emmanuele Aldrovandi (Italia), Tanja Sljivar (Bosnia), María Tranou (Grecia) y un servidor. Allí nos juntamos cuatro experiencias diferentes, cuatro educaciones, cuatro formas de escribir, cuatro filias con sus cuatro fobias, cuatro estéticas para tratar de proyectar nuestra imagen de está Europa en crisis, de esa vieja Europa que ahora más que nunca va con andador.

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El fe en el teatro ebrio se extendió por Barcelona

Pero lo mejor del encuentro, y como ven me he vuelto un sentimental, fue tener la posibilidad de compartir la vida. La posibilidad de convivir, de hablar, de pasear, de ir a comer una paella, de tomar cerveza, vino, cava… la posibilidad de vivir, en definitiva.

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Las señoras y señores autorxs

La acogida de los catalanes fue fantástica. Cada texto se escenificaba en formato de lectura por parte de jóvenes compañías catalanas, lo cual fue un placer poder asistir a la simbiosis entre creadores locales y autores foráneos. Esta simbiosis se dio también entre autores y traductores. El PIIGS alumbró un libro con los textos en el idioma original y su correspondiente traducción al catalán. Otro enorme tanto para el festival. Además del cuidado y el mimo con el que llevaron la edición del volumen. La lectura de mi texto corrió a cargo de la compañía Arcadia, que dirigió con mucha gracia, arte y españolismo ácido Marta Aran. Las intérpretes fueron: Laia Alsina, Gemma Deusedas y Lara Díez, con la necesaria intervención de la propia directora en el papel de maldita máquina de agua. Un cuarteto compacto, arriesgado, preciso y divertidísimo que fue capaz de hacer disfrutar a propios y extraños.

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Las cuatro grandes cómicas

Además allí conocí otras personas de la escena catalana como Sonia, Adeline, Jaume, Enrique… me reencontré con Laura Núñez, con quién escribí hace años una obra de teatro que estrenó el grupo de teatro de la Universitat de València, ASSAIG. También con actores y actrices de diferentes escuelas que tuvieron a bien hablarme sobre su formación, sobre sus inquietudes, sobre su teatro.

Hubo también tiempo para ramblas, iglesias, baños públicos, vermú, cava rojo, cava dorado, mar, metro de Barcelona, Barri Gòtic, Liceu y Romea, Colón y Congresos, Decathlon y bañadores, para Prat de la Riba y para Ángel Vázquez.

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Hoy, 3 de septiembre, uno tiene añoranza cerda, recuerdos acompañados de café guatemalteco

En definitiva, para uno que es un miedoso, al que le aterra viajar de un sitio a otro, al que le aterra aún más viajar solo y juntarse con muchas personas desconocidas, al que le apabulla la mirada del otro fue una de esas veces en las que te dices: menos mal que salí de casa, menos mal que busqué la vida.

Foto de familia

Retrato de familia

Viaje al centro de una familia

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Ayer fui a mi primer Cabanyal Íntim, a pesar de que este festival ya levante varios palmos del suelo, ya que celebra su quinta edición. Un festival curioso, en un barrio curioso. El cabanyal es una de esas zonas dónde las madres no te dejaban acercarte cuando eras pequeño. Es uno de esos lugares que parece el fin del mundo. Es un territorio de frontera y, por tanto, es un lugar de lucha. Es, en un tiempo de guerras correctas, si me permite Gabi Ochoa la cita, el único lugar dónde la alcaldesa mantiene los tanques en la calle; en los otros lugares de la ciudad se dedica a practicar guerra sucia y con esto no me refiero, exclusivamente, al deterioro de los servicios “públicos” de limpieza.

Como decía, ayer fui a ver Trilogia sense primavera de Alejandro Tortajada, que todavía se puede ver hasta el próximo domingo en dicho festival y les recomiendo que compren ya las entradas porque vuelan. En el número 83 de la calle Sant Pere, nos recibe el director a la entrada de una típica casa valenciana de dos alturas, de esas de puerta de madera grande, de esas que están en peligro de extinción. Allí nos lee un manifiesto, nos habla de que esa pieza se iba a estrenar en un festival público asesinado por el Ayuntamiento. Como ven, nuestra querida alcaldesa, al estilo de los emperadores romanos, es alguien a quien le place dejar cadáveres a sus espaldas.

Tortajada ha creado esta trilogia para hablarnos de su familia, que un poco también es la nuestra, pero que también es la historia del País Valencià. El espectador viaja física y ficcionalmente por 1936, 1957 y 1979. Tres fechas de lo que algunos historiadores llaman acontecimientos monstruo: el inicio de la Guerra Civil, La riada del 57 y las primeras elecciones “democráticas”. Es un viaje a la memoria de Alejandro, pero también un proceso de autoconocimiento del autor, es la búsqueda de una estética. Y cuando uno ve eso, sólo puede conmoverse, sólo puede disfrutar del viaje que el autor le propone.

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La dirección del mismo Tortajada es una apuesta por lo político: la elección de llevar a su equipo a trabajar en ese lugar fronterizo; el uso del valenciano, idioma en el que se representa la pieza o que los actores conserven el acento de sus lugares de origen. La reivindicación de la memoria familiar, que al fin y al cabo es memoria histórica, en un Estado que rechaza legislar sobre la memoria histórica es un agradable acto de subversión.

Trilogia sense memoria es, a su vez, una pieza de frontera, una extraña hibridación entre lo brechtiano y lo naturalista, entre el sainete y la tragedia. Es el reflejo mismo de una sociedad, la valenciana, que parece abocada, irremediablemente, hacia el estercolero de la historia.

La pieza cuenta con un elenco fantástico, donde Tortajada ha sabido combinar, a la perfección, veteranía y juventud. Amparo Valle es de una veracidad huracanada, con ochenta años es un regalo tenerla tan cerca trabajando. María José Peris es una bestia teatral, con un segundo acto en el que borda la perfección. Marta Chiner recuerda a una de las mujeres de Chejov en el primer acto, nos impulsa a ver en ella a esa Elena Andréievna de Tío Vania. Amparo Ferrer Báguena que aparece en el tercer acto, y que sustituirá a la Peris en las siguientes funciones, tiene la difícil tarea de entrar el final para sostener el desenlace de la pieza. Paco Sarro es un actor de dureza increíble, es roca, consigue un peso trágico abrumador. Pero me van a permitir resaltar el trabajo de la tríada más joven: Pau Gregori, Laura Sanchis y Joan Daròs que insuflan vida, trabajo y talento al reparto y que logran permanecer a la altura de sus compañeras más experimentadas.

Ver a Gregori interpretar un personaje dramático es escuchar una sinfonía de Beethoven. Laura Sanchis aparece como la actriz más en forma del teatro valenciano, ostenta un abanico de registros, en los tres personajes que interpreta, que deja al espectador bocabadat. Joan Daròs salpica todas sus intervenciones con una energía, con un empeño, con una juventud de la que necesitamos que se contagie la profesión.

El vestuario de Miguel Carbonell es fantástico. Se agradece ver ese esfuerzo en un festival de teatro independiente. No sólo por la calidad del mismo sino por la voluntad de narrar a través del vestuario, por dotar de verosimilitud a los personajes con un perfecto diseño de tres épocas que nos muestra como la moda, y la historia, han oprimido a las mujeres; una ropa que las obliga a la rigidez extrema, que les impide saltarse la convención social y dónde sólo en la última parte parece que van a alcanzar la libertad.

Por si fuera poco, el espectáculo cuenta con el prodigioso Carles Chiner al ukelele, que guía al espectador durante los viajes en el tiempo y marca el final de cada época con una potencia y desparpajo increíble.

El público aplaudió, en pie, esta trilogía de la memoria que han creado Tortajada y su equipo. Un viaje a través del invierno, el otoño y el verano de nuestra historia. ¿Será que está por llegar la primavera? ¿O como en el mundo de Martin estamos abocados del verano a un invierno de décadas?

El porteño naturalista

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Lo primero que el lector debe saber es que esta crítica que se dispone a leer está hecha a amigos míos. Lo segundo que ellos sabrán perdonar mis errores por lo que no es necesario que caiga en la corrección política.

Víctor Sánchez ha escrito y dirigido Nosotros no nos mataremos con pistolas. Sánchez es un joven autor de Puerto de Sagunto y tiene la enorme ventaja de ser joven y de haber estudiado. Esto parece una tontería, pero no lo es. Víctor Sánchez ha realizado estudios de teatro y eso es un valor. Para mí lo es. Llega la hora de que las jóvenes generaciones reivindiquemos esto: nos hemos formado. Respetamos la tradición, pero sabemos más. Y el espectador, que de esto no tiene ni idea ni la tiene que tener, lo nota, sin saber porqué, pero lo nota y abandona satisfecho el teatro.

Emile Zola escribía “Soy simplemente un observador que constata los hechos” y de esto va el asunto: El naturalismo. Sánchez nos brinda la oportunidad de adentrarnos en un naturalismo del siglo XXI, no confundir con la zafia pretensión realista de nuestra televisión, pero de corte español. Nada de Chéjov, nada de Pinter. No hay subtexto, porque el mediterráneo no lo tiene. El mediterráneo es impulsivo, rencoroso, frívolo, irónico, sexual y ante todo olvidadizo e inactivo. No hay nada bonaerense en este texto, hay más Francia que Buenos Aires, pero sobre todo hay España o Mare Nostrum si lo preferimos. Porque Sánchez es un autor de los nuestros. Reivindiquemos nuestra dramaturgia, como diría Fernando Arrabal: “¡cojones, ya!”.

Hay que agradecer algo al autor y es que discute de estética mediante una obra de teatro en la que no hay metateatro. Gracias, Víctor, gracias. Por fin, un dramaturgo nos habla de preceptos estéticos desde la creación y no desde burdos recursos metateatrales carentes de interés más que para algunos miembros de una profesión venida a menos que cacarean entre las migajas de lo que fueron.

Y aquí llegamos al centro de la cuestión, ¿es necesario el naturalismo hoy? El naturalismo es una estética que nace en el siglo XIX, principalmente teorizada en Francia y exportada a todo el Occidente. No nos mataremos con pistolas cumple los preceptos naturalistas de forma canónica, además de seguir una línea aristotélica muy clara, entendida como lo hicieron los italianos, Castelvetro and company, es decir, mal entendida. División en cinco actos, personajes tipo, espejo de la sociedad, retrato generacional, carencia de poesía, rechazo de lo vertical, cuarta pared, muebles de verdad, gente que se sienta en sillas sin aportar nada a la progresión dramática. Bienvenidos al naturalismo. A mi juicio es una estética superada. ¿Hasta qué punto los autores/as deben volver a esta estética? ¿Es necesario? ¿Realmente hemos superado esta fase? ¿No existen novedades estéticoideológicas? Todo esto me planteó No nos mataremos con pistolas; creo que esta pieza, que además está siendo vista por gran cantidad de autores de la profesión debería iniciar un debate entre los escritores/as valencianos. Creo que Sánchez ha logrado un golpe maravilloso, nos ha retado a un duelo ineludible. De nuevo gracias, Víctor.

La dirección la firma el autor, pero podría haberla firmado Antoine. Es decir, un director francés de principios de siglo XX. Y volvemos aquí a la eterna lucha, ¿Antoine o Gual? ¿Stanislavski o Wagner? Permítanme quedarme con los segundos. Dejen que acaricie por un momento el alma de nuestro gran poeta Ibsen, que no era naturalista, o un poco de violín sonado por Chéjov, que tampoco lo era, aunque las puestas en escena que realizaron de ambos sí lo fueran. ¿Es el director el hacedor último? ¿O lo es el crítico como afirmaba Wilde?

La obra, como decíamos, cumple el canon de puesta en escena y de escritura, casi sin fallos, casi rozando la perfección, salvo por el epílogo que rompe la división en cinco actos y que tiene la misma duración que un acto, convirtiéndose en una pesadez extrema a cambio de una bella imagen final.

El espacio evocador, no está del todo jugado por la pretensión naturalista que resta verticalidad a unas telas que como cortinas translúcidas ocultan el exterior, la vida real de la que huyen los personajes. Es una lástima la ausencia de dimensión espiritual y sobrenatural porque el texto, entonces sí, podría haberse convertido en una pieza ibseniana, con un cuarto acto que alcanza, sin duda, lo que dice la preceptiva: la pieza bien hecha.

Los actores están soberbios. Laura Romero, Román Méndez de Hevia y Lara Salvador funcionan de exquisita comparsa, como la de los pasodobles del quinto acto, para las dos grandes fuerzas en conflicto encarnadas por Bruno Tamarit y Silvia Varelo. Lo de estos dos actores sí es sobrenatural. Nunca ocultaré mi predilección por Tamarit quién juega en otra liga. El don de este chico está al alcance de muy pocos por mucho que se esfuercen. La exquisitez con la que trata cada palabra, con la que ejecuta cada movimiento, cada mirada, cada pequeño gesto… remite a actores, que sólo existen en nuestra mitología, como David Garrick, François-Joseph Talma o Mijail Chéjov.

La Valero, a la que debemos poner el artículo delante del apellido como a la Guerrero o a la Xirgu, se nos presenta inconmensurable. Nunca la había visto sobre un escenario y me cautivó desde el primer instante. Su dominio de la voz, su garra, su ferocidad mediterránea generan un contrapunto titánico al delicado Tamarit.

Que los autores y directores de teatro de esta ciudad, o de otras, tomen nota de estos cinco nombres porque, sin duda, pertenecen a nuestro nuevo Olimpo. Ya es hora de asaltar un monte de adocenados traseros que se recrean en su personaje fetiche una y otra vez olvidando de que el teatro es industria, pero también arte.

Crítica y público responden bien ante este montaje, tal vez excesivamente bien, puesto que más allá de la reflexión estética se nos muestra engordado en algunas partes, con escasa progresión dramática y con un abuso de lo situacional que nos lleva, sobre todo al final, al tedio. La crítica loa la valentía de este conjunto, no seré yo quién se la niegue, pero seamos naturalistas también en la crítica.

Ver en Valencia un teatro lleno provoca un vuelvo al corazón, llena de alegría, que además una sala prorrogue la obra también. Ultramarinos prorrogarlos más. Que los Wichita y Tábula tomen vuestra sala. Dejadlos permanecer como si Antoine volviera a fundar su Teatro Libre. Y de nuevo, permitidme que vuelva a decirlo, gracias Víctor.

Las raíces de la contemporaneidad

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El otro día visité el Microteatre Valencia. Visitar este nuevo espacio es algo más refrescante que la angustiosa sede original de Madrid, un lugar angosto y asfixiante tanto por su espacio como por sus empleados. No era la primera vez que iba a ver teatro en este fast-food teatral. Antes había visto la fabulosa pieza La modelo de mi compañera Laura Sanhcis interpretada por Jéssica Martínez, también compañera. Este formato del teatro a correprisas genera muchas dudas en el sector. Pero de esto ya hablaré en otro momento.

Mi razón de desplazarme hasta allí se debió a ver la puesta en escena que Cardia Teatre ha realizado de mi texto Nous Arrels. Es raro escribir sobre un texto mío. No soy muy partidario de hacerlo, es mejor que hablen las tablas. Advierto que estas líneas no son para nada una crítica, sería algo demencial, aunque seguramente postmoderno, realizar una crítica de un espéctaculo del que eres, de alguna forma, integrante.

Joana Alfonso y Jaume Nieto se han atrevido con un texto complejo. Complejo por lo incómodo, complejo por lo verborreico, complejo por lo anodino de las relaciones madre e hijo. Nous Arrels tiene algo de Ibsen, de Valle-Inclán, de Jaume Roig. Es sátira y filosofía. Me resultó extraño escuchar el texto, hacía mucho que no lo leía y no recordaba muchas de las cosas que se decían en él. Me gustó oírlo. Me complació el trabajo vocal de Alfonso y Nieto. Es un texto arriesgado, no porque la sátira o la comedia más ácida estén censuradas, sino porque llevar este tipo de teatro a espacios de comida rápida pueden provocar más de una indigestión. La gente quiere vacuidad en estos lugares, pero me parece una actitud corsaria no ofrecérsela y servir un buen arroz en lugar de un Mcmenú.

La creación y dirección es de los propios actores. Esto es algo que a mí, por lo general, me desalienta. No creo en el actor-creador, lo lamento, debo confesarlo, ahora pueden apalearme si quieren. El actor-creador es una falacia. Es volver al egocentrismo decimonónico. Y así salían esos churros. El teatro es, para mí, un trabajo de equipo. Un trabajo que necesita una mirada externa, una mirada capaz de realizar una composición del todo, una voluntad única como defendía Gordon Craig que reúna la sensibilidad del resto de voluntades añado yo. En esto soy wagneriano. Sin embargo, la propuesta de Cardia es correcta. A pesar de que Nieto tenga esa fea manía, tan de director contemporáneo, de ir a contratexto ha logrado algo interesante. El texto, dice el autor, aunque en estas cuestiones no siempre llevan razón, parte de la comedia naturalista, pero la propuesta de Alfonso y Nieto lo aboda con un tratamiento físico y distanciado. Una de las virtudes del naturalismo es el trabajo de subtexto, en esta ocasión ese subtexto no existe sino que se evidencia con el cuerpo. No hay emoción en la palabra, no se busca la identificación con los personajes. La fisicidad de esta madre y este hijo generan un distanciamiento con el espectador. Los transforma en esperpénticos. Los juzga y condena. Es lo que tiene este género, el esperpento es una mirada distanciada, vista desde arriba, alejada del personaje. Son sombras, borrones, manchas.

El espacio, a dos aguas, es muy sugerente. El juego con el arroz es más espectacular que necesario pero viste la escena desnuda con brillantez. El microespacio ayuda a concentrar la atención en el cuerpo de los actores, en sus gestos, en sus miradas, en su palabra.

Los actores defienden con fuerza su propuesta. Destaca especialmente Joana Alfonso por esa impresionante voz y por como le planta cara al personaje que encarna Nieto. Era una actriz a la que no conocía anteriormente y que debo confesar que me fascinó. Jaume Nieto está hábil en la réplica, cómodo en el montaje, relajado y esto el espectador lo agradece. Está a la altura de la bestia escénica que tiene por compañera.

Los espectadores aplaudieron gozosos el pase, sin saber que estaba allí el autor que casi se lleva un portazo a la salida. Los autores contemporáneos ya no estamos seguros ni en el teatro.

Recomiendo que vean Nous Arrels porque la mejor crítica al formato de consumo rápido es demostrar que en menos de 15 minutos, en menos de 15 metros cuadrados y con menos de 15 espectadores se puede crear buen teatro como el que ha logrado Cardia.

Padilla strikes back

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Ayer la madrileña sala El sol de York (C/Arapiles 16) acogió el estreno de su primera residencia artística. José Padilla estrenó su último texto, en estreno absoluto, titulado Los cuatro de Düsseldorf. Nunca había estado en este acogedor espacio situado en un barrio, a priori, árido para el teatro contemporáneo que se aleje de los preceptos que marcan los abisonados Teatro de la Abadía y los Teatros del Canal.

José Padilla (Santa Cruz de Tenerife, 1976) es uno de los autores que debe soportar con estoicismo la etiqueta de Nuevo Dramaturgo. Es un tipo tranquilo, suele lucir barba y este es su segundo texto estrenado esta temporada en Madrid. El primero fue Haz clic aquí en la Sala Princesa del Centro Dramático Nacional. Es un autor que escribe con y para los actores, en procesos dónde texto y montaje se entrelazan para, en este caso, producir óptimos resultados. Las dos piezas de esta temporada brillan por su rapidez, sus saltos espaciotemporales y tienen la virtud de plantar una duda moral en el espectador. Por suerte, el autor canario evita hacer beatería de lo social con los temas tratados: la importancia de las redes sociales y la influencia en la vida de las personas en la primera y el cáncer en la segunda.

Los cuatro de Düsseldorf tiene los tintes de la comedia negra, por momentos más española que británica, aunque la puesta en escena evita que caiga en el sainete. La influencia de las series de televisión anglosajonas reluce en la poética de Padilla y esto es un punto a su favor ya que le permite conectar con el público de su propia generación al que no tiene miedo de hablarle de tú a tú.

La puesta en escena del propio autor con ayudantía del valenciano Fran Guinot es sobria pero efectiva. Permite que fluya la historia, que prevalezca el texto y la interpretación. Esta dupla, Guinot también fue su ayudante de dirección en la aventura en el CDN, demuestra que menos es más y nos hace transitar por innumerables espacios y situaciones con habilidad notable. Además han demostrado que saben adaptarse a todo tipo de espacios y potenciarlos al máximo, ya que la Sala de la Princesa del María Guerrero es un espacio, como poco, anodino.

Los actores están a la altura de las circunstancias de este texto vertiginoso que tiene algo de parodia a Steve Jobs y al mundo de las multinacionales de falsos gurús. Juan Vinuesa se convierte en un personaje entrañable, tal vez el más cercano al espectador. Tiene eso de truhan tan propio de Lázaro de Tormes aunque por momentos roza la astracanada lo que dista un poco de las intenciones del autor. Helena Lanza es una actriz que merece ser tenida en cuenta. Tiene un algo extraño de esas actrices cómicas españolas que acaban resultando inolvidables. Su interpretación está cargada de matices y saca a relucir su hambre teatral, algo que siempre se agradece. Mención especial merecen Mon Ceballos y Delia Vime que ejercen de secundarios de lujo. Ceballos muestra técnica, garra, emociones y tiene una presencia escénica de esas que llenan escenarios. Vime desplegó un saber estar y un aplomo difícil de ver, por desgracia, en nuestros grandes teatros.

Tal vez se echó en falta algún rango más de complejidad en alguno de los personajes, ya que en ocasiones, no abandonan el tipo. Así como un desarrollo mayor del personaje interpretado por Delia Vime, al que el espectador echa en falta a partir de un momento determinado de la obra.

La iluminación se utilizó de forma correcta aunque podría haber ayudado a elevar el discurso de los personajes y se pudo haber buscado una dramaturgia que potenciara la historia.

En definitiva, un buen trabajo de este equipo joven, que disfrutaba de un texto escrito para los actores y con un tono de atrevimiento y desafía hacia los preceptos aristotélicos que, cuando están bien realizados, se agradecen. Por tanto, si no han visto nada de José Padilla éste es un buen momento para adentrarse en su universo y si ya han visto alguna de sus otras piezas seguro que no les defrauda. Sea como fuere no olviden pasarse por El sol de York las próximas dos semanas.

A MEDIA LUZ LOS TRES

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La cercanía me lleva hasta la sala García Lorca de la RESAD, conocida por los que allí habitan como Sala B. Del cartel de la obra a representar emerge una mano que manifiesta el signo de la victoria. Las letras rezan “Yes Ui can”, ¿es una obra de teatro o asistimos a un mitin de Obama? La gente se arremolina junto a la puerta y por un pasillo lateral aparecen cinco tipos uniformados, tirantes de colores chillones y ropa gris que recuerda a los trajes de los felices años 20, se trata del trust de la Coliflor y ellos vienen a contarnos La evitable ascensión de Arturo Ui de Bertolt Brecht.

El autor alemán fue un revolucionario del teatro. Rechazó las convenciones burguesas e investigó a lo largo de su carrera como dramaturgo y director sobre los preceptos de lo que él bautizó como teatro épico. La evitable ascensión de Arturo Ui se representó por primera vez en España en el Teatro Lara, en 1975, con traducción de Camilo José Cela, dirección de Peter Fitzi e interpretación de José Luis Gómez. En 1995 la retomó José Carlos Plaza con traducción de Miguel Sáez. Esta última traducción es con la que ha trabajado el equipo de la joven compañía Los números imaginarios, que dirige Carlos Tuñón.

El director, de origen sevillano, nos muestra a un Brecht cercano, tanto por la disposición del público como por el tratamiento que realiza sobre los personajes. No nos distancia del personaje de Ui sino que lo humaniza, para algunos hasta tal punto que podría ser contrario a las pretensiones de distanciamiento que trata el autor, pero que, a mi parecer, funciona. ¿Por qué el ser humano se siente irremediablemente atraído por el mal? Estamos demasiado acostumbrados a la ficción yanqui que banaliza la lucha de opuestos de lo sublime y lo perverso. ¿Es necesariamente Arturo Ui un tipo aborrecible? El montaje defiende que no. Sin duda, sus acciones podríamos calificarlas de atroces pero el horror siempre viene enmascarado y ésta es una valiosa lección que podemos entresacar de la lectura y puesta en escena de Tuñón.

El público, al que los actores dividen en grupos a la entrada, son introducidos en un espacio circular, pero no en la tradicional arena, sino en una espiral de mesas y sillas, más al estilo del cabaret alemán. El teatro desaforado nos muestra los arañazos que el paso del tiempo y los diferentes montajes albergados le han dejado. Sin embargo, se echó en falta que se jugara más al cabaret, que pudiéramos estar dentro y fuera, en definitiva, poder disfrutar de la pieza con un buen whisky.

Los actores supieron llevar a cabo el trabajo de hechizo, en especial Jesús Barranco, quien estuvo exquisito. Queda claro que si uno quiere practicar alta cocina es indispensable un actor de este calibre, quien siempre le dará un toque de gourmet a todo trabajo. Barranco a lo largo de toda la pieza demostró lo que es tener aplomo en un escenario, resolvió todo contratiempo propio de estreno, lideró sabiamente al grupo y dedicó al espectador un momento especialmente lúcido en su último monólogo. El resto del reparto estaba formado por Luis Sorolla, Rubén Frías, Pablo Gómez-Pando y Jorge Bedoya quién estaba también a los mandos del piano. El capitán Barranco, que encarnó al personaje de Arturo Ui, tuvo a un soberbio contramaestre en Gómez-Pando, actor que nos sorprendió por su solvencia y destacó, a pesar de los nervios del debut, por un magnetismo propio de los buenos depredadores. Luis Sorolla estuvo, como siempre, a la altura. Pocos actores con más entrega y saber hacer, a pesar de su insultante juventud, podrá encontrarse un director en un equipo de trabajo. Rubén Frías despertó ternura y comicidad y Jorge Bedoya demostró no desentonar entre un elenco de monstruos teatrales.

A pesar de la elección espacial y los actores, el paladar refinado reconocía ciertos baches en la pieza. La versión no estuvo del todo acertada y no acababa de introducirnos en el viaje de terror al que Ui y sus secuaces someten a la ciudad de Chicago. El texto y el respetable necesitaba más tiempo con Ui para poder entrar en la catarsis final de forma lubricada. También se echó en falta un mejor cuidado de las voces en los momentos de canciones corales que, por momentos, se mostraron desacompasadas.

El público acogió satisfecho La evitable ascensión de Arturo Ui y agradeció el riesgo de mostrarnos a un Brecht íntimo y tanguero, bien ejecutado por un equipo mayoritariamente joven y con hambre de teatro. Sin duda, una buena opción para el que no ha tenido oportunidad de aproximarse al teatro del genio alemán.

Experiencias sobre la antiteatral Felicidad (III y última parte)

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La felicidad no existe. Dejemos de mentirnos. La felicidad son instantáneas, tal vez un poco escenográficas, que, tendidas en el balcón, ocultan el paisaje de nuestras miserias.

La felicidad no existe. Eso es una realidad. Está científicamente demostrado. Lo han dicho ésta mañana tres sabios en la radio. Dicen que no puede existir porque somos miserables, y no precisamente como los de Víctor Hugo, ¿o sí? Somos tan miserables que nos encanta destruir una a una esas polaroids que cuelgan de nuestro balcón.

Al escuchar ésta noticia he salido al mirador. Esta noche ha habido viento. Ya no hay fotos de sonrisa y juventud. Ni del tiempo de vino y rosas, ni de aquella calle de Estremoz. Mis manos en la barandilla tratan de sostener un cuerpo que se desmorona, un alma echa jirones.

Mis ojos contemplan el verdadero paisaje de las miserias. Es un enorme mural burlesco. Uno de esos enormes murales pintados por Pieter Brueghel el Viejo. El retrato de mi pasado, sin instantáneas ondeantes, sin sonrisas de esas que aspiras a que sean exclusivamente tuyas.

Y Whitman, al fondo, con la mano en la barbilla, me vuelve a mirar en silencio. Pose adusta y levita manchada de sangre. No mueve los labios pero sus enormes ojos de West Hills, Nueva York, me sentencian como un juez de la Cámara de los Lores.

“Te lo dije.”

Y las piernas me tiemblan. Y el viento arrastra los jirones del alma. Y todo se desmorona. Ya no quedan muchachos en la playa, ya no quedan muchachos tan contentos, sólo hay veintiocho años de vida femenina y todos tan solitarios…

Experiencias sobre la antiteatral felicidad (II parte)

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Tercer día de Tercera edición. Clero, Denia, Gran Vía, Cuba y Puerto Rico. Silenciosos Reyes de Aragón que abrazan a chinas entre calles despavimentadas. Nieto, Sevilla, Martínez, Verdesoto, Villar. Persiana, suelo amaderado, patio interior, basquets, mantas sobre el tejado y botijos. Peatonales, diagonales, transversales, paralelas y perpendiculares. Poesía, teatro, felicidad, dolor, retorcer, encender y rasgar. Whitman, Whitman, Whitman…

Se abrieron las puertas y por fin hemos podido compartir estas particulares Hojas de hierba. Hojas que cada espectador se lleva consigo. Que antes, durante o después de la representación leerán. Tal vez no lo hagan nunca. Líneas de un poeta que nunca conocimos pero que nos susurra al oído. Se agotan las entradas y actores y público entran en una comunión que da sentido al teatro.

Ayer se manifestó el viejo Walt en la calle del Clero 12 a las 20 horas. Y eso fue posible gracias a Paloma, Jaume, Victoria, Santi, José y a ti que los estuviste viendo. A ti que los vistes como esa señora que observa, tras una cortina de lino, a los muchachos chapotear en la playa. A los muchachos desnudos en la playa.

¿Cuál de los jóvenes te gusta más?